martes, 29 de enero de 2013

SOBRE EL RENCOR Y LA VENGANZA

A todos nos han fallado alguna vez. A todos nos han hecho daño, ya sea en el ámbito amoroso, en el de la amistad o en cualquier otro. Hay gente que nos hace daño sin querer. Hay gente que nos hace daño a conciencia. Hay personas a las que no les caemos bien y que disfrutan haciéndonos sufrir. Hay heridas que son difíciles de cerrar, y en la mayoría de las ocasiones olvidar el daño es difícil. Hay quienes han sufrido daños de verdad, quienes se han llevado golpes que no merecían y quienes han sido lastimados por la simple maldad de otros. Nadie es tan bueno para perdonarlo todo, está claro. Perdonar grandes daños es algo que muy poca gente es capaz de hacer de corazón. No obstante hay gente que sí lo hace, hay individuos capaces de perdonar y olvidar el daño recibido, pero no es de eso de lo que hoy quiero hablar. Tú decides si perdonar o no, tú decides si olvidar o no. Tú decides si tratar como antes a la persona que te fastidió en el pasado. Es tu decisión, al igual que está en ti el poder de devolverle el daño al que te hizo sufrir, incluso mucho después de haber superado ese dolor que te causó. Porque todos podemos vengarnos, todos tenemos la posibilidad de pagar a los demás con la misma moneda. Por eso no digo que haya que olvidar aquello que nos hicieron, pues sería otro tema a tratar. Simplemente con esto me refiero a la inutilidad de vengarse de alguien haciendo algo que, dentro de nosotros, sabemos que es igual o más malvado que eso que hace tiempo nos dolió tanto a nosotros mismos. Y más estúpida aún resulta la venganza cuando las heridas ya han cicatrizado.

En mí no vive el rencor, porque con lo poco que he vivido he podido comprobar que nunca lleva a nada bueno. Intenta siempre perdonar, si las disculpas son de corazón. En el fondo ver sufrir a otra persona a poca gente hace feliz, y recuerda: cuando el dolor se acaba, el rencor no sirve de nada.

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